El falso brahman
El falso brahman Escupió el cigarrillo apagado, empuñó su carabina y avanzó intrépidamente, diciendo a grandes voces:
—¡Daos presos! RendÃos a mÃ, que soy el marajá de Assam, o de lo contrario os haré despedazar por mis perros.
Un gran estallido de carcajadas fue la respuesta.
—¡Miserables! —gritó el portugués, que comenzaba a amoscarse—. Tenemos otros perros y, además, tenemos este…
Una fragorosa detonación sacudió la galerÃa, haciéndola temblar como si la hubiese bamboleado un terremoto. Yáñez habÃa ametrallado a los indostaneses que se atrevÃan a reÃrse de él.
En seguida dispararon Tremal-Naik y Kammamuri. Los sikaris habÃan permanecido en guardia, prontos a secundarlos.
Hacia el extremo de la galerÃa se oyeron gritos sofocados, y después algunos disparos de pistola, que hicieron más ruido que daño.
—¿OÃs, bandidos? —gritó Yáñez, volviendo a empuñar la carabina que Kammamuri le habÃa otra vez cargado—. Os he dicho quién soy. ¿Quiénes sois vosotros que invadÃs el subsuelo de mi capital sin mi permiso? No os olvidéis que la rhani conserva todavÃa en su cargo al verdugo. Deponed las armas y rendÃos. Quiero veros la cara.