El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Sí, un islote que no dista más que cinco leguas del continente. Vamos en busca de esos bravos, señor conde, y cogeremos al marqués de Montelimar, a la vez que saqueamos de nuevo Panamá. Los filibusteros no conocen el miedo, siempre los encontraréis dispuestos a acometer cualquier empresa.

—Son los modernos gascones —dijo Barrejo—. ¡Qué gente tan maravillosa!

El conde permaneció un instante sumergido en su pensamiento; luego exclamó:

—Creo también que no es posible obrar de otra manera. El auxilio de esos terribles filibusteros me es indispensable para combatir con el marqués de Montelimar. ¿Será cierto, Mendoza, que se encuentran en las costas del Pacífico? Morgan me aseguró que habían partido hacia el Sur para doblar la Tierra de Fuego y volver al golfo.

—Exacto, señor conde, pero la empresa les salió mal y la mayoría de los expedicionarios volvió hacia el Septentrión. Se dice que suman más de ochocientos hombres y que se proponen saquear toda la América Central.

—¡Oh!… Con semejante fuerza no me asombraría. Sé bien cuánto valen esos hombres. ¿Y dónde dejaremos la fragata?


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