El hijo del Corsario Rojo

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CAPÍTULO VII

LA VUELTA AL OCÉANO PACÍFICO

No vaciló el señor de Ventimiglia en aceptar la invitación; aquella cortesía, demasiado espontánea en un enemigo sin duda acérrimo, porque podía poner en riesgo su existencia, hizo fruncir el entrecejo al suspicaz gascón y también a Mendoza.

El gabinete del marqués era una pequeña estancia amueblada con sencillez e iluminada por dos candelabros colocados en una gran mesa cubierta con un tapete verde sobre el cual se amontonaba una multitud de cartas.

El marqués de Montelimar ofreció una silla al conde; luego, sentándose frente a él, le dijo:

—Ahora sabré lo que queréis de mí. Me habéis buscado en Pueblo Viejo, acaso también en Santo Domingo, y me cogéis al fin en Nueva Granada.

—Preguntaros, lo primero, si ante mí vuestra conciencia está completamente tranquila —contestó el señor de Ventimiglia.

El marqués entornó los ojos, luego, tras breve silencio, repuso:

—Vuestra pregunta me asombra.

—¡Ah! —exclamó el conde—. Me diréis entonces quién era, hace aproximadamente quince años, gobernador de Maracaibo.

—Yo —replicó el marqués.


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