El hombre de fuego
El hombre de fuego LA CACERÍA EN LA LAGUNA
LAS sabanas sumergidas de la América meridional son peligrosísimas. Los indios lo saben perfectamente, y antes de atravesarlas se aseguran de la naturaleza del fondo, para no hundirse y desaparecer para siempre.
Forma ese fondo un fango blandísimo, que cede al peso del hombre o del animal que tengan la desgracia de poner en él el pie. Y no se crea que sólo tenga unos pocos metros de espesor, pues hay sabanas sumergidas que puede decirse que no tienen fondo; no se encuentra tierra sólida por mucho que se ahonde en el fango.
Son verdaderos abismos que nada devuelven, ni siquiera los esqueletos de los animales o de los hombres, que quedan sepultados en ellos hasta que se consumen por completo en profundidades desconocidas.
El muchacho, que nada sabía de eso, puso el pie en uno de esos terrenos, y de repente se había hundido hasta la rodilla.
Creyendo Alvaro que había sido atacado por algún caimán, iba a arrojarse al agua; pero García le detuvo con un segundo grito.
—¡No; no sigáis adelante, señor, porque os hundiréis también!
Alvaro comprendió al momento el peligro al sentir que sus pies se hundían. Sin embargo, no quería abandonar al muchacho, que se sumergía cada vez más a su propia vista.
