El hombre de fuego

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CAPÍTULO VII

EL ASALTO DEL «JACARÉ»

POR más que la canoa estuviera en pésimo estado y empapada en agua la madera esponjosa de que estaba hecha, navegaba bastante bien, empujada por aquellos remos improvisados.

Los náufragos, que temían ver aparecer de un momento a otro a los combatientes, cuyo griterío seguían oyendo hacia los linderos de la selva, pasaron sin detenerse frente al islote en que habían caído los ánades, y se internaron resueltamente en el pantano.

Sin embargo, adelantaban con mucho trabajo a causa de las muchas plantas acuáticas que crecían en las aguas de la laguna, no pocas de las cuales oponían gran resistencia al avance de la canoa, y se veían obligados a cortarlas o separarlas para poder pasar 3 través de ellas.

Uno de los mayores obstáculos lo constituían ciertas hojas desmesuradas que oponían tenaz resistencia y que no se dejaban cortar sin grandísimo trabajo.

Pertenecían a la espléndida planta llamada victoria regia, abundantísima en los ríos y lagunas de la América meridional, cuyas hojas, de bordes realzados, no tienen menos de metro y medio en contorno.

Parecen almadías en que las aves acuáticas suelen hacer sus nidos, pues tienen fuerza y solidez bastante para sostener unas cuantas docenas de ellos.


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