El hombre de fuego

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CAPÍTULO VIII

LA ALMADÍA VIVIENTE

UNA desagradable sorpresa, que podía tener muy graves consecuencias para los náufragos, les esperaba a la mañana siguiente. El muchacho, que se había dirigido a la orilla para volver a carenar la canoa, no la encontró en el sitio donde la había dejado.

Asustado por aquel inesperado acontecimiento, corrió al campamento, donde Alvaro, que había hecho el último cuarto, aún dormía.

—¡Señor! —exclamó con acento de terror—. ¿No habéis visto a nadie acercarse al islote por La noche?

—¿Por qué me preguntas eso, García? —preguntó el portugués, muy sorprendido por las palabras del muchacho.

—¡Porque nos han robado la canoa, señor!

—¿Robado? ¿Y quién?

—¿Qué sé yo? Quizá los indios.

—¡No es creíble! —respondió Alvaro—. Durante mis cuartos de guardia he dado varias veces la vuelta al islote, y seguramente hubiese visto a los indios si se hubieran acercado.

—Sin embargo, la canoa no está. Venid, y os convenceréis.

Muy impresionado por aquella mala noticia, el señor Correa se levantó inmediatamente y siguió al muchacho.


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