El hombre de fuego
El hombre de fuego —¡Imitare al señor Alvaro! —dijo para sà el animoso joven.
Y mandó la bala dentro de la boca abierta del monstruo.
Al sentir el disparo la tortuga hizo tan brusco movimiento, que GarcÃa estuvo a punto de caer al agua. Apenas tuvo tiempo de apoyarse en las cañas y de empuñar de nuevo el arcabuz, que se le habÃa escapado de las manos.
El jacaré, que habÃa recibido la descarga en la garganta, dio un salto enorme, sacando casi todo el cuerpo fuera del agua. Después volvió a caer dando tremendas sacudidas y formidables coletazos a diestro y siniestro.
De la garganta, atravesada por la pesada bala, salÃale un chorro de sangre que teñÃa la superficie del agua.
Su compañero, sin duda, asustado por el disparo, se habÃa sumergido de repente, apareciendo después entre un grupo de victorias regias.
—¡Al galope! —exclamó el muchacho con voz alegre hostigando a la tortuga.
La mydas no necesitaba que la animasen. Loca de terror, huÃa apresuradamente hacia la ribera, que se veÃa ya claramente con sus altÃsimos árboles y su frondosa vegetación.