El hombre de fuego

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CAPÍTULO IX

SITIADO POR LOS «PECARIS»

EL lugar donde García había logrado desembarcar tan milagrosamente estaba lleno de árboles que con toda probabilidad formaban el lindero de la inmensa selva que se extendía basta la orilla de la bahía.

Palmas espléndidas con tronco esbeltísimo de quince y veinte metros de alto crecían al lado de las tocumas, de largas espinas; de las lacataras, que, aunque pertenecientes a la gran familia de las palmas, tienen carácter de lianas, pues se enroscan en los troncos de los árboles, mientras bajo aquella espesa cúpula de verdura que impedía a los rayos del sol llegar al suelo se entrelazaban en confusión indecible soberbias bromelias cuajadas de ramos de flores de color escarlata, maravillosas orquídeas, helechos gigantescos y otros mil representantes del reino vegetal cuya enumeración sería interminable.

Multitud de volátiles saltaban y revoloteaban entre el ramaje. Había entre ellos bellísimos cardenales de cabeza roja, y casaritos, especie de tordos que, en vez de anidar en los árboles como casi todos los pájaros, construyen en el suelo sus nidos en forma de cúpula con entradas laberínticas.

Después de sujetar la tortuga al tronco de un árbol, el muchacho entró en la selva, ante todo para buscar un poco de agua, o por lo menos alguna fruta que pudiera aplacar la ardiente sed que le devoraba.


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