El hombre de fuego
El hombre de fuego Y echando mano a un hacha que casualmente halló en el suelo, descargó dos violentos golpes sobre la puerta, logrando desquiciarla.
Un muchacho de catorce o quince años salió precipitadamente gritando:
—¡Nos hundimos! ¡Huid, señor! ¡Estaba a punto de ahogarme!
Era un lindo jovenzuelo, oscuro como un mestizo, de pelo crespo y muy negro, mirada inteligente, cutis finísimo, como suelen tenerlo los portugueses de las regiones meridionales, y estaba muy desarrollado para su edad.
No viendo más que al señor Alvaro Correa, se agarró a una de las columnillas que servían de soporte al alcázar.
—¿Y los demás? —preguntó, palideciendo.
—Se han ido, amiguito García —contestó Alvaro.
—¿Estamos solos?
—Completamente solos.
—¡Ahora comprendo por qué ese tunante de Pedro me encerró ahí dentro! ¡Temía sobrecargar la chalupa con el peso de mi cuerpo!
—En tal caso, rapazuelo, nada ha conseguido, porque le he visto romperse la cabeza contra; el arrecife.
—Pero ¿se han marchado todos?
—¡Ni uno solo ha quedado!