El hombre de fuego
El hombre de fuego EN LA SELVA VIRGEN
EN aquella otra orilla la selva no era menos espesa y tenebrosa que en la que acababan de dejar los náufragos, y que con tanto trabajo habían atravesado.
Hasta parecía más intrincada, por componerse de infinidad de plantas que crecían confusamente unas al lado de otras, rodeadas de desmesurados bejucos o de arbustos y raíces enormes que salían de todas partes, no encontrando lujar para desarrollarse en el subsuelo, convertido en una masa fibrosa que le daba consistencia de piedra.
Enlazadas unas plantas a otras por los sipos, las, jacitaras, las barbas de palo, o por esa entrañas aroideas cuyas raíces van por el aire desde el árbol hasta el suelo, había cedros brasileños de los que dan esa madera tan apreciada llamada jacaranda, palmas regias de altísimo tronco, tan perfecto, que parece hecho a torno; ficus de los que sudan por las heridas que se les hacen en el tronco, la preciosa gutapercha; bombonazas, con cuyas hojas se fabrican hoy los estimados sombreros llamados de Panamá, y palmas cuaresinas, de flores purpurinas que se entrelazaban con las lanazias.
Peinaba una humedad penetrante a la sombra de aquella vegetación, de la cual se desprendía un intenso olor de musgo que irritaba el olfato de nuestros náufragos.
