El hombre de fuego
El hombre de fuego UNA SORPRESA DE LOS SALVAJES
EL tamandúa seguía entregado a la tarea de subir a la orilla, sin apresurarse; y como en aquel sitio era muy escarpada, ayudábase el animal con las patas posteriores, bastante más robustas que las anteriores y armadas además de uñas larguísimas y duras como el acero.
Era facilísimo seguirle, porque el tamandúa se mueve muy despacio, y le son desconocidas la carrera y la marcha rápida.
Después de observar la dirección que tomaba el animal, el marinero de Solís condujo a sus compañeros a través de un matorral, y llegó con ellos a la orilla en el momento en que el tamandúa iba a internarse ea la selva.
—Decidme, Díaz —dijo Alvaro deteniéndole— ¿son peligrosos esos animales? El que tenemos delante no tiene boca, es verdad; pero sí unas uñas suficientemente grandes para despanzurrar a cualquiera.
—Si se los ataca, se defienden valerosamente, y no es raro que puedan hasta con los jaguares, que son sus peores enemigos, poniéndolos fuera de combate, o a lo menos, obligándolos a retirarse.
Contra un hombre, aunque sólo vaya armado de una maza, nada pueden. Podéis, pues, echaros vuestro arcabuz al hombro, porque no lo necesitaréis para nada.
—¿Y a dónde se dirigía ese bicho?
