El hombre de fuego

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CAPÍTULO XVI

UNA SORPRESA DE LOS SALVAJES

EL tamandúa seguía entregado a la tarea de subir a la orilla, sin apresurarse; y como en aquel sitio era muy escarpada, ayudábase el animal con las patas posteriores, bastante más robustas que las anteriores y armadas además de uñas larguísimas y duras como el acero.

Era facilísimo seguirle, porque el tamandúa se mueve muy despacio, y le son desconocidas la carrera y la marcha rápida.

Después de observar la dirección que tomaba el animal, el marinero de Solís condujo a sus compañeros a través de un matorral, y llegó con ellos a la orilla en el momento en que el tamandúa iba a internarse ea la selva.

—Decidme, Díaz —dijo Alvaro deteniéndole— ¿son peligrosos esos animales? El que tenemos delante no tiene boca, es verdad; pero sí unas uñas suficientemente grandes para despanzurrar a cualquiera.

—Si se los ataca, se defienden valerosamente, y no es raro que puedan hasta con los jaguares, que son sus peores enemigos, poniéndolos fuera de combate, o a lo menos, obligándolos a retirarse.

Contra un hombre, aunque sólo vaya armado de una maza, nada pueden. Podéis, pues, echaros vuestro arcabuz al hombro, porque no lo necesitaréis para nada.

—¿Y a dónde se dirigía ese bicho?


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