El hombre de fuego
El hombre de fuego LA SABANA SUMERGIDA
FUE una noche angustiosa para todos. La idea de que estaban cerca aquellos ferocĂsimos salvajes y de que podrĂan sorprenderlos y devorarlos en el momento menos pensado, no les cejaba conciliar el sueño.
Sus temores no se realizaron, y la noche pasĂł tranquilamente y sin alarmas. Alegráronse, sin embargo, con la salida de sol, que, por lo menos, les permitĂa ver a sus enemigos y no ser sorprendidos por ellos.
—Prefiero caminar, aun sin haber descansado lo necesario —dijo Alvaro—. ¡Esos endiablados salvajes me han infundido un miedo que no puedo desechar!
—¡Pues en marcha, señores! —dijo el marinero, que parecĂa haber perdido su buen humor habitual—. ¡Dejaremos para más tarde proporcionarnos almuerzo!
—TodavĂa tengo la tortuga —dijo el grumete.
—Que nada nos servirá; a menos que te decidas a comértela cruda, porque no tendremos tiempo para encender fuego.
Los salvajes ventean el humo a distancias increĂbles, y el fuego nos delatarĂa.
—¡En mal negocio estamos metidos! —dijo Alvaro—. ¿Tendremos que correr como caballos, y alimentarnos sólo con frutas? ¡No podremos resistir mucho tiempo esa vida, mi queridos marineros!
