El hombre de fuego

El hombre de fuego

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CAPĂŤTULO XVII

LA SABANA SUMERGIDA

FUE una noche angustiosa para todos. La idea de que estaban cerca aquellos ferocísimos salvajes y de que podrían sorprenderlos y devorarlos en el momento menos pensado, no les cejaba conciliar el sueño.

Sus temores no se realizaron, y la noche pasó tranquilamente y sin alarmas. Alegráronse, sin embargo, con la salida de sol, que, por lo menos, les permitía ver a sus enemigos y no ser sorprendidos por ellos.

—Prefiero caminar, aun sin haber descansado lo necesario —dijo Alvaro—. ¡Esos endiablados salvajes me han infundido un miedo que no puedo desechar!

—¡Pues en marcha, señores! —dijo el marinero, que parecía haber perdido su buen humor habitual—. ¡Dejaremos para más tarde proporcionarnos almuerzo!

—Todavía tengo la tortuga —dijo el grumete.

—Que nada nos servirá; a menos que te decidas a comértela cruda, porque no tendremos tiempo para encender fuego.

Los salvajes ventean el humo a distancias increĂ­bles, y el fuego nos delatarĂ­a.

—¡En mal negocio estamos metidos! —dijo Alvaro—. ¿Tendremos que correr como caballos, y alimentarnos sólo con frutas? ¡No podremos resistir mucho tiempo esa vida, mi queridos marineros!


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