El hombre de fuego

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CAPÍTULO II

LAS VÍCTIMAS DE LA GUERRA

AQUELLA habitación, que había servido de morada al pyaie de la tribu destruida o expulsada por los eimuros, era mucho más espaciosa que la otra y mucho más oscura, pues sólo recibía luz por una pequeña claraboya abierta en el techo, y no tenía hendiduras en las paredes.

También se comprendía a primera vista que debió de haber estado habitada por algún hechicero, según infinidad de amuletos que colgaban de las vigas del techo y los collares y adornos de toda clase de dientes de animales y vértebras de serpientes, que formaban extraños trofeos en las paredes.

Pero lo que sobre todo atrajo la atención de los náufragos fue una colección de cabezas humanas que adornaban la pared de enfrente de la puerta, y que estaban maravillosamente conservadas.

Lo mismo que los maoríes de Nueva Zelanda, los salvajes brasileños tenían a gala conservar la cabeza de los jefes enemigos muertos en el campo de batalla, cuyo cuerpo habían devorado.

Para conservarlas no empleaban, como los isleños del océano Pacífico, el fuego y el vapor de agua.

Sacábanles los sesos, que, como se comprenderá, no desperdiciaban, por ser bocado sobradamente exquisito. Después echaban la cabeza en una vasija llena de un aceite llamado antiroba, y la exponían al humo.


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