El hombre de fuego
El hombre de fuego EL HOMBRE DE FUEGO
NUESTROS amigos iban cansándose de su oficio de brutos, y sentĂan grandes deseos de verse libres. Ya hacĂa varios dĂas que se encontraban en poder de aquellos salvajes odiosos, confinados en su cabaña, de la cual no podĂan salir más que para asistir a banquetes de carne humana, pues los eimuros, en sus Ăşltimas correrĂas, habĂan hecho muchos prisioneros tantos, tupys y tupinambás. Aquella existencia se les habĂa hecho insufrible.
Al principio esperaban que el marinero hiciera algo por ellos; pero ninguna noticia suya habĂan tenido. ÂżHabĂa sido muerto y devorado por cualquiera otra partida de eimuros, o, sin esperanzas de poder hacer nada por salvarlos, habĂa continuado su fuga para reunirse con los tupinambás? Lo ignoraban.
—¡EscapĂ©monos, señor! —repetĂa el grumete desde la mañana hasta la noche.
—¡SĂ, vámonos! —respondĂa Alvaro invariablemente. Pero el medio de escaparse no se les habĂa aĂşn presentado. Los salvajes, que debĂan de desconfiar de ellos, no les perdĂan un momento de vista, y todas las noches se acostaban unos cuantos guerreros alrededor de la cabaña para impedir su fuga.
No obstante, los dos náufragos estaban persuadidos de que aquella situaciĂłn no podĂa durar mucho.
