El hombre de fuego

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CAPĂŤTULO III

EL HOMBRE DE FUEGO

NUESTROS amigos iban cansándose de su oficio de brutos, y sentían grandes deseos de verse libres. Ya hacía varios días que se encontraban en poder de aquellos salvajes odiosos, confinados en su cabaña, de la cual no podían salir más que para asistir a banquetes de carne humana, pues los eimuros, en sus últimas correrías, habían hecho muchos prisioneros tantos, tupys y tupinambás. Aquella existencia se les había hecho insufrible.

Al principio esperaban que el marinero hiciera algo por ellos; pero ninguna noticia suya habían tenido. ¿Había sido muerto y devorado por cualquiera otra partida de eimuros, o, sin esperanzas de poder hacer nada por salvarlos, había continuado su fuga para reunirse con los tupinambás? Lo ignoraban.

—¡Escapémonos, señor! —repetía el grumete desde la mañana hasta la noche.

—¡Sí, vámonos! —respondía Alvaro invariablemente. Pero el medio de escaparse no se les había aún presentado. Los salvajes, que debían de desconfiar de ellos, no les perdían un momento de vista, y todas las noches se acostaban unos cuantos guerreros alrededor de la cabaña para impedir su fuga.

No obstante, los dos náufragos estaban persuadidos de que aquella situación no podía durar mucho.


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