El hombre de fuego
El hombre de fuego Ya puede imaginarse su asombro cuando al labrar el tronco descubrió las preciosas vetas y extraños matices de la madera. Fue una revelación que dio celebridad a la caoba.
Al año siguiente fueron muchos barcos a América en busca de aquellos preciosos troncos, que a la finura y compacidad de sus fibras unÃan la belleza de sus matices.
Casi por el mismo tiempo, uno de los filibusteros más famosos, el francés Grammont, después de la empresa de Campeche, y para celebrar su victoria, quemaba todas las vigas de caoba que habÃa en los fuertes españoles, sin saber que aquellos maderos valÃan millones.
Al ver desembarcar a aquellos hombres, multitud de pájaros salieron de los cañaverales y árboles de la orilla volando en todas direcciones.
No eran sólo aves acuáticas. HabÃa también, entre las becacinas y gallinetas, maitacos de cabeza azul turquÃ, araes rojos, canindes semejantes a las cacatúas australianas, aracaros, pequeños tucanes no mayores que nuestros mirlos y cuyo pico es tan grande como el cuerpo entero de esos extraños volátiles.
—¡Esto es un verdadero paraÃso! —exclamó Alvaro entusiasmado—. ¡AquÃ, querido DÃaz, podréis completar tranquilamente vuestra curación!
—¡Si no vienen a molestarnos los cahetos! —contestó el marinero.