El hombre de fuego

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CAPÍTULO III

EL ASALTO DE LOS ANTROPÓFAGOS

CON todos aquellos maderos y cordajes, la construcción de una balsa capaz para dos personas no era difícil ni requería mucho tiempo.

Lo peor era lanzarla al mar; pero Alvaro pensaba servirse para el caso del trozo que quedaba del palo mayor para izarla hasta la borda por medio de cualquier polea de la cofa, y descolgarla después al mar cuando se hubiera calmado lo suficiente.

Con las hachas que había a bordo los dos náufragos picaron la larguísima entena de la vela latina, y ligaron entre sí fuertemente los trozos para formar el esqueleto de la almadía. Después demolieron el castillo de popa y parte de la obra muerta para construir la plataforma. Para hacer más boyante la almadía, sujetaron firmemente en sus cuatro esquinas varias barricas vacías que hallaron en el sollado.

Apenas habían terminado la obra, que duró unas cuantas horas, pues ninguno de los dos era muy práctico en tales trabajos, oyóse lejana gritería.

—¿Serán más salvajes que vienen a reunirse con los otros? —preguntó Alvaro con cierta inquietud.

Miró hacia la orilla, y vio a los antropófagos todos en pie alrededor del peñón en cuya cima estaban los atalayas.

Gesticulaban animadamente y miraban hacia el Sur.


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