El hombre de fuego

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CAPÍTULO XI

LA ALDEA DE LOS TUPYS

AL caer la tarde, después de una marcha larguísima a través de selvas casi vírgenes, los dos europeos y el indio llegaron a la orilla de otro vasto pantano, otra sabana sumergida, que no tenía, sin embargo, las dimensiones de la que había atravesado dos días antes y en cuyos islotes habían permanecido tantos días.

A los últimos rayos del sol poniente habían podido ver en la ribera opuesta grandes construcciones rodeadas de empalizadas altísimas, que eran verdaderos baluartes, nada fáciles de expugnar, aun contando con mucha gente.

Casi todos los indios del Brasil, que vivían en continua guerra para proporcionarse prisioneros que devorar, construían sus aldeas de modo que no pudieran ser sorprendidos por sus enemigos.

A diferencia de los negros de África, no acostumbraban erigir cabañas sólo suficientes para una familia, sino casas inmensas, construidas con troncos de árboles. Esas casas, llamadas carbets, que tenían más de cien metros de longitud, cinco de anchura y otros cinco de alto, y estaban cubiertas de hojas de plátano, tenían tres puertas, una de las cuales daba a la plaza destinada al suplicio de los prisioneros de guerra.

En cada casa solían alojarse veinte familias, sin tabiques ni divisiones que las separasen unas de otras, de modo que hacían vida en común.


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