El hombre de fuego
El hombre de fuego —Me encerraron en este edificio, haciéndome comprender que me devorarÃan.
—¿Te trataban mal?
—Muy al contrario. Hasta me enviaban muchachas para bailar y distraerme, y me daban de comer bocados escogidos.
—¡QuerÃan que engordases pronto!
—Cuando estaba harto y no podÃa tragar más me obligaban por la fuerza a comer raÃces dulces. ¡No sé cómo no he reventado!
—¡Pobre GarcÃa! —dijo Alvaro, sin poder contener una sonrisa—. ¡Te trataban como a un pato de Estrasburgo! Sin embargo, no me parece que has hecho grandes progresos.
—Si hubiera seguido unos meses sometido a semejante régimen me habrÃan convertido en un tonel.
—¡Ah!
—¿Qué os pasa, señor?
—¿Cómo estamos de vÃveres?
—Debe de quedar algún tubérculo sobrante de la cena o alguna galleta de mandioca.
—Bien poca cosa es eso —dijo Alvaro, que se habÃa quedado pensativo—. ¿Cómo resistir con una galleta hasta que lleguen los tupinambás?
—Pero tenemos varios vasos porosos y agua filtrada.