El hombre de fuego
El hombre de fuego ASEDIADOS EN EL CARBET DE LOS PRISIONEROS
RECOMENZABA a clarear. El horizonte iba tiñéndose de color de rosa por la parte de oriente.
Los salvajes no sólo no habían levantado el cerco, sino que se habían sentado en el suelo junto a los carbets y tenían fija la mirada en el techo de la prisión.
¿A qué esperaban para romper las hostilidades? Sin embargo, eran más que suficientes para intentar el asalto.
De cuando en cuando levantábase alguno de ellos y, extendiendo el puño hacia Alvaro, gritaba con toda su fuerza:
—¡Caramura! ¡Caramura!
—¡Sí! —contestaba Alvaro, enseñando el arcabuz—. ¡Soy el hombre de fuego y estoy dispuesto a abrasaros!
—¡Caramura! ¡Caramura! —contestaban a coro los salvajes, levantando las mazas con ademán amenazador y moviendo las mandíbulas, dando a entender a los sitiados que esperaban a que se rindiesen para comérselos.
Sin embargo, ninguno de ellos se atrevía a moverse; tenían miedo al arcabuz que brillaba en las manos del hombre de fuego.
