El hombre de fuego

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CAPÍTULO XIII

LA RETIRADA DE DÍAZ

SI, sólo Japy, aquel valiente muchacho que había dado tantas pruebas de amistad a los pyaies blancos cuando estaban en poder de los eimuros, había podido interesarse por ellos de aquella manera.

Aprovechándose de la confusión que había en la aldea y de la oscuridad de la noche, debió de robar el arcabuz que custodiaba el hechicero de la tribu, y hacer además provisión de víveres, pues no ignoraba la escasez que reinaba en el carbet.

Aquel socorro inesperado había reanimado a los sitiados, que ya iban desesperando de poder prolongar la defensa. Dueños entonces de dos arcabuces, bien provistos de municiones y de víveres, se sentían con fuerzas para contener cualquier asalto, y para esperar sin inquietarse el fin de aquella aventura.

Quizás en aquel momento estaban ya en camino los tupinambás y se acercaban a marchas forzadas a la aldea de los tupys, sus seculares enemigos, que sostenían guerra constante con ellos para proveerse de carne humana.

—¡Ahora somos invencibles! —dijo Alvaro después de cerciorarse de que el arcabuz de García estaba en buen uso—. Cuando vean los tupys que los dos estamos armados, no tendrán valor para volver a atacarnos… ¡Nunca creí que fuéramos tan afortunados! ¡Decididamente, hemos nacido con buena estrella, y voy creyendo que los brasileños no lograrán hincarnos el diente!


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