El hombre de fuego

El hombre de fuego

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CAPÃTULO XIV

ENTRE EL FUEGO Y LAS FLECHAS

MÃS dichosos que Alvaro, el marinero y Sapo Hinchado se aprovecharon del terror que había invadido a los tupys al sonar el primer arcabuzazo.

Mientras los salvajes se desbandaban en todas direcciones, ellos se metieron en una callejuela que serpenteaba entre los carbets y se dirigieron precipitadamente al recinto, creyendo de muy buena fe que Alvaro los seguía.

Llegados a la estacada, cerca de la puerta, que Japy había dejado abierta, echaron de ver con asombro que estaban solos.

—¡El desgraciado se ha extraviado! —exclamó Díaz con acento de desesperación—. ¡En vez de huir hacia el recinto, se ha dirigido hacia el centro de la aldea! ¡Sapo Hinchado, volvamos y salvémosle!

Pero el tupinambá le agarró por un brazo y le dijo:

—¿Acaso le estorba la piel al pyaie blanco? Ya están ahí los tupys. ¡Huye, si quieres salvar la vida! ¡Los tupinambás vengarán la muerte de los hombres de piel blanca!

Repuestos los tupys de su terror y de su sorpresa, reanudaron la interrumpida persecución.


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