El hombre de fuego
El hombre de fuego EL ASALTO DE LOS TUPINAMBOS
DÍAZ se volvió rápidamente, dirigiendo la vista hacia la sabana sumergida.
Si el indio, que no era hombre que se alterase fácilmente, habĂa proferido aquellas palabras, la cosa debĂa de ser muy grave; y verdaderamente lo era.
Cuatro puntos brillantes, quizá luces, se deslizaban silenciosamente por las negras aguas de la laguna, y, lo que era peor, parecĂan dirigirse hacia el islote donde DĂaz y el indio habĂan encontrado momentáneo refugio.
Se distinguĂa perfectamente la proa de cuatro canoas, al parecer bastante mayores que la de los fugitivos; y se veĂan tambiĂ©n formas humanas desnudas moviĂ©ndose en ellas.
—¡Bonita noche! —dijo DĂaz entre dientes—. ¡Primero, los jaguares, y ahora, los tupys o los cahetos! ÂżCĂłmo acabará?
—¿Los ves? —preguntó Sapo Hinchado.
—¡No estoy ciego!
—Vienen para acá.
—¡Ya lo he notado!
—Nos acechaban desde la boca del riachuelo. No te engañaste cuando creĂste oĂr el silbido de una flecha.
—Quisiera saber quiénes son.
