El hombre de fuego

El hombre de fuego

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CAPĂŤTULO XV

EL ASALTO DE LOS TUPINAMBOS

DÍAZ se volvió rápidamente, dirigiendo la vista hacia la sabana sumergida.

Si el indio, que no era hombre que se alterase fácilmente, había proferido aquellas palabras, la cosa debía de ser muy grave; y verdaderamente lo era.

Cuatro puntos brillantes, quizá luces, se deslizaban silenciosamente por las negras aguas de la laguna, y, lo que era peor, parecían dirigirse hacia el islote donde Díaz y el indio habían encontrado momentáneo refugio.

Se distinguía perfectamente la proa de cuatro canoas, al parecer bastante mayores que la de los fugitivos; y se veían también formas humanas desnudas moviéndose en ellas.

—¡Bonita noche! —dijo Díaz entre dientes—. ¡Primero, los jaguares, y ahora, los tupys o los cahetos! ¿Cómo acabará?

—¿Los ves? —preguntó Sapo Hinchado.

—¡No estoy ciego!

—Vienen para acá.

—¡Ya lo he notado!

—Nos acechaban desde la boca del riachuelo. No te engañaste cuando creíste oír el silbido de una flecha.

—Quisiera saber quiénes son.


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