El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—¿Qué gente son? —preguntó Díaz por lo bajo.

—Tupys —contestó Sapo Hinchado.

—¿Cómo pueden encontrarse aquí esos perros?

—Nos han seguido por el río sin que lo advirtiéramos.

—¡Son bien astutos esos bribones!

—¡Veremos si son capaces de apresarnos!

—No me dejaré devorar sin haber consumido antes todas mis flechas, y tengo por lo menos quince.

—Y yo, otras tantas —contestó el indio.

Las canoas llegaron a la faja de plantas acuáticas que, a modo de cinturón, rodeaba el islote, y se reunieron a unos sesenta pasos del lugar donde estaban escondidos los fugitivos.

—¿Desembarcamos? —preguntó un indio.

—Sí —respondió el otro, que debía de ser el jefe de la expedición, a juzgar por la diadema de plumas de ánade que llevaba en la cabeza—. Deben de haber saltado a tierra en este islote. Dividámonos en dos grupos y quédese uno para guardar las canoas.

Amarraron las canoas al tronco de una de aquellas plantas, y después, saltando de rama en rama, desembarcaron en el islote cuarenta o cincuenta guerreros.

—¡Voy a hacerles una buena jugada! —dijo por lo bajo Sapo Hinchado, acercando los labios al oído de Díaz.


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