El hombre de fuego
El hombre de fuego EN LA COSTA
LA almadía flotaba perfectamente, contribuyendo a ello las barricas que llevaba en sus esquinas y que la mantenían muy boyante; la plataforma quedaba completamente fuera del agua, a pesar del oleaje que aún duraba.
El señor Correa y el muchacho bogaban vigorosamente después de haberse orientado, pero sin perder un momento de vista la boca del río por donde habían desaparecido las tres piraguas de los brasileños.
Recelaban que aquellos bribones se hubieran escondido en los bosques que cubrían las orillas y que se presentasen de un momento a otro.
En la bahía sólo se veían ciertas aves marinas de una especie absolutamente desconocida para Alvaro y su compañero, los cuales, de cuando en cuando, se lanzaban rápidamente sobre la superficie del agua para apoderarse de algún pez que osara asomar fuera de ella la cabeza. Ninguna piragua surcaba aquel inmenso espejo de agua, sembrado de preciosos islotes cubiertos de varias clases de palmas que ofrecían el más pintoresco espectáculo.
Ningún ruido sospechoso turbaba el silencio que reinaba en aquella especie de golfo, llamado a ser un día uno de los puertos más amplios y abrigados del mundo y asiento de una de las ciudades más opulentas de América.
