El hombre de fuego
El hombre de fuego EN LAS SELVAS BRASILEÑAS
SU carrera no duró más de un cuarto de hora, porque bien pronto se vieron obligados a andar más despacio a causa de las innumerables dificultades que se ofrecían a su marcha. En efecto; la selva era allí un verdadero laberinto de matorrales, ramas espinosas, troncos, bejucos y raíces de enorme tamaño.
Era la verdadera selva virgen que en aquel tiempo cubría la mayor parte del territorio del Brasil, extendiéndose casi sin interrupción desde el Atlántico hasta la gigantesca cadena de los Andes.
Graciosos bagaes, soberbias maximilianas regias, gigantescas palmas mauricias de anchas hojas en abanico, frondosísimos curbariles que, se encorvaban hacia el suelo casi cubriendo el tronco, y espinosos jabis se mezclaban en todos sentidos con los bejucos de variadísimas familias y otras plantas trepadoras que se enlazan a marañones, árboles del caucho, de la quina, etc., formando espesísimas redes a través de las cuales se hacía poco menos que imposible el paso a los mismos indígenas.
Alvaro y el muchacho se detuvieron.
—¡Es imposible seguir! —dijo Alvaro—. ¡Nunca he visto espesura semejante!
