El León de Damasco
El León de Damasco —Jesucristo me protegió, dejándome regresar sano y salvo para comunicarte que Haradja, por las noticias que tengo, está herida de gravedad.
—Pero no ha muerto —adujo el conde.
—Esa víbora tiene mucha resistencia, capitán. Habría que clavarla por el corazón a una pared y dejarla clavada hasta que muriera.
—¿Y son muy numerosos los del reducto?
—No llegan a treinta; todo lo más, veintiséis o veintisiete.
—No me siento capaz de efectuar una salida y apresarlos. Somos muy escasos en número y no poseemos sustitutos para los muertos. No nos acontece como a los turcos, que en cualquier instante pueden recibir tropas de refresco de Constantinopla… Fijaos cómo desdeñan la vida de sus hombres. Están organizando una expedición al reducto y enviarán dos mil o tres mil guerreros no para salvar a esa treintena de jenízaros, por los que no tienen ningún interés, sino a la sobrina de Alí Bajá.
—¿Y les permitiréis llegar? —inquirió Muley con acento anheloso.