El León de Damasco
El León de Damasco —¡Miserable! —barbotó, mientras sus ojos despedÃan fuego.
—Por poca cosa te espantas.
—¡Canalla!…
—Él tuvo la culpa. Si hubiese hablado, estarÃa vivo.
—Has asesinado a un hombre valeroso.
—Vuelvo a decirte que él tuvo la culpa. Si me hubiese indicado en qué lugar estaban tu hijo y tu nuera, la duquesa cristiana, no le habrÃa ocurrido la menor cosa. En fin… Ya hablarás tú ahora.
—¡Yo!
Haradja hizo un gesto de indiferencia con los hombros.
—FÃjate en lo que haces. Nos encontramos en alta mar y puedo echar a pique tu galeota con toda la tripulación. Te garantizo que nadie quedará con vida para marchar a Constantinopla a explicárselo a Ibrahim, nuestro buen sultán.
—Lo que significa que si no hablo, a pesar de ser tu superior y de más noble linaje que tú, ya que tu tÃo no era más que un pirata argelino, me asesinarás igual que a mi capitán de armas.
Haradja vaciló un instante y contestó por último:
—Ya se verá.
—¿Qué deseas averiguar?