El León de Damasco

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—Ni yo tampoco —añadió Mico, que se puso al lado del griego nada más retirar el farol—. Si dispara le responderemos de forma adecuada.

—Y nos cercarán.

—¡Qué remedio, señor Muley! ¿Pensará el almirante en acudir en nuestra ayuda? La salvación depende de la señal y la efectuaremos de la manera que sea.

—Creo, Nikola, que lo que tú deseas es combatir.

—Considero que ya ha llegado el momento, señor.

—Igual opino yo —dijo en aquel instante el bajá—. Si no conquistáis por la fuerza este maldito hisar, no lo abandonaréis tan fácilmente. Y no debéis olvidar, que Candía está a muy breve distancia y que allí está Alí-Bajá con su flota.

—Señor —hizo observar el griego a Muley—, ¿no ha transcurrido ya el minuto?

—Pues venga el farol.

Acababa de proyectarse la luz verde sobre la gran ventana, cuando se oyó otra vez la encolerizada voz de Sandiak, en tono más amenazador que antes.

—¡Ese farol adentro! ¡Adentro o hago venir a mis hombres y ordeno abrir fuego con las culebrinas!…


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