El León de Damasco

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CAPÍTULO XXII

EL FAROL VERDE

Como era de suponer, los negros, estimulados por Hassard, a pesar de que sufrieron pérdidas en el primer asalto, reanudaron el ataque, secundados por algunos kurdos y numerosos esclavos, más decididos estos últimos a huir que a luchar.

Se habían obstinado contra una sola puerta, como si desconocieran la existencia de la otra, y pretendían destrozarla por medio de hachazos.

La madera, que era muy dura, ya que se trataba de auténtico roble de Candía y de cinco dedos de grosor, sostenida, por añadidura, por las fuertes barras de hierro, ofrecía una tremenda resistencia. De cuando en cuando, entre uno y otro hachazo, se oía el armenio exclamar con ira:

—¡Adelante! ¡Adelante! ¡Solamente son ocho! ¡Adelante! ¿Vais a tener miedo? ¿Qué diría la señora si se enterase? ¡Aniquilad, destruid, matad, vengad al capitán!

Los seis hombres solo esperaban un nuevo boquete para disparar de nuevo, sin temer la irrupción, ya que los sólidos muebles macizos formaban una soberbia barricada, detrás de la cual podían resistir vigorosamente.


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