El León de Damasco
El León de Damasco Los turcos, aunque habiendo perdido ya toda esperanza de dar caza a las galeras venecianas y tomarlas al abordaje, proseguían la persecución, realizando un considerable e ineficaz derroche de pólvora y municiones. El almirante Veniero había ordenado no contestar al cañoneo de los mahometanos para economizar proyectiles, que solo podía renovar en Mesina, donde ya se iban reuniendo poco a poco las naves de la Cristiandad.
Por espacio de dos horas ambas escuadras siguieron a la vista una de otra, pero paulatinamente la mahometana empezó a desaparecer. Sus pesadas galeras no podían rivalizar en rapidez con las de Venecia.
—Hussif ardiendo y mis galeras indemnes —comentó el almirante—. No podría haber deseado día más afortunado. Ahora vamos a anclar en Capso con el objeto de que podáis dirigiros a Candía en busca de vuestra esposa y la saquéis de allí, lo que será sencillo, porque el sitio, al cabo de dos años, no es demasiado estrecho.
—¿No tropezaremos en nuestro camino con Alí-Bajá?
—No, puesto que considera que tiene mucho que hacer en Candía con su bombardeo continuo. Además avanzaremos a bastante distancia de las costas y estaremos alerta.