El León de Damasco
El León de Damasco LAS FLECHAS INCENDIARIAS
Los asediados, viendo que los turcos permanecían tranquilos, habían dejado de disparar, comenzando a preparar las municiones. Después, se sentaron ante la gran mesa para tratar de lo que convenía hacer, en tanto que dos cretenses vigilaban tras la puerta de la granja.
Cada instante que pasa —afirmaba Damoko— es mayor el peligro. He observado que uno de esos merodeadores huía en dirección a Candía y en verdad que no habrá marchado para tomar al asalto el bastión del puente de la Lid. En consecuencia, de aquí a poco veremos llegar un destacamento turco que acaso acabará con todos nosotros.
—Me pareces más preocupado de lo que es costumbre en ti y me sorprende, ya que jamás te he visto temblar ante el peligro —observó Muley-el-Kadel.
—Me parece que tenéis razón, señor. Ahora no será sencillo, como lo fue la vez anterior, atraer a los turcos hasta este lugar, hacerles beber y terminar con ellos.
—Falta poco tiempo para el alba. ¿Por qué no intentamos lanzarnos a la carga? —adujo la duquesa.
—Nuestros caballos están agotados y caeríamos en los surcos antes de alcanzar el lugar donde se encuentran ellos.
—¿Se halla muy distante la ensenada?
—A cinco horas a todo galope.
