El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay —Buenas noches —respondió Diego—, y si se acercan esos canallas no vacilen, ustedes en despertarnos. Tenemos buenos fusiles y somos hábiles tiradores.
—No lo dudamos —contestaron los gauchos.
—¿Qué te parecen esos hombres, marinero? —preguntó Cardoso, cuando quedaron solos.
—Digo que podemos fiarnos de ellos —respondió el maestro—. Por otra parte, tienen interés en permanecer con nosotros y tratarnos bien, a causa de los indios que recorren la pradera.
—¿Pero, qué gente es ésta? ¿Qué hacen? ¿Dónde viven?
—Mañana te lo diré, hijo mÃo. Aprovechémonos por ahora de esta tregua para descabezar un sueñecillo porque hace tres noches que apenas cerramos los ojos.
—Es verdad, y si te he de hablar francamente, te diré que tengo los huesos molidos.
—Echate, entonces, por ahà y cierra los ojos.
Tendieron sobre las hojas secas una corcanilla, suave manta de manufactura araucana, y se echaron encima, después de dejar al alcance de la mano las armas y haber abierto dos paquetes de cartuchos. Pocos momentos después, ambos roncaban tan sonoramente que hacÃan retemblar las paredes de la cabaña.