El tesoro del Presidente del Paraguay

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CAPÍTULO XVIII

SUPLICIO ESPANTOSO

Ocho horas después de la partida del jefe, con el señor Calderón y los guerreros, una tropa de jinetes que habían pasado a nado el río Negro, entraba vociferando en el campamento, saludada por los relinchos de los caballos, amarrados a las estacas de las tiendas.

Las mujeres, los, ancianos y los niños, despertados bruscamente por el alboroto que alcanzaba proporciones capaces de romper los tímpanos de las orejas más duras, creyendo haber sido sorprendidos por una banda de pampas, que no les veían con buenos ojos raziar las inmensas praderas del Sur, se precipitaron en confusión fuera de los «toldos» armados con lanzas y bolas, dispuestos a defender su campamento, no obstante la ausencia de los guerreros.

Su susto fue de breve duración. Aunque la noche estaba oscura, en los jinetes que invadieron el campamento reconocieron a los compatriotas que se habían lanzado en persecución de la luna y que regresaban después de una desenfrenada carrera de diez horas, con los caballos cubiertos de espuma y medio reventados.

—¡Fuera! ¡Fuera! —tronó el jefe de la tropa que cabalgaba a la cabeza de todos.

—¿Dónde está la luna? —preguntaron las mujeres y los viejos al ver que aquéllos no traían con ellos al astro.

—Se ha vuelto al cielo —contestó el jefe.


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