En El Mar de las Perlas

En El Mar de las Perlas

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Viendo que los cingaleses empezaban a encaramarse, acudieron todos los hombres disponibles de Amali, arrojando sobre los asaltantes enormes peñascos, las cuales saltando y resbalando, causaban terribles estragos.

La batalla se hacía horrible, sangrienta. Los enemigos, con valor insólito, resistían tenazmente, tratando de llegar a las primeras mesetas, pero sólo conseguían ganar algunos metros con pérdidas enormes.

Numerosos cadáveres caían pesadamente sobre los escollos, y muchos heridos bajaban, gritando espantosamente.

Por todas partes acudían las galeazas para sostener el ataque. Caía una granizada de balas sobre las rocas, matando a muchos pescadores.

Amali, y Juan Baret, que no habían abandonado el terraplén, animaban a la gente con sus voces; habían empuñado las carabinas y disparaban sin descanso, derribando a cada tiro a un adversario.

Nuevos socorros acudían para sostener a los asaltantes, que parecían incrustados en las rocas. Todos los escollos y bancos estaban llenos, pues de las galeazas continuaban desembarcando hombres, resueltos a intentar un supremo esfuerzo.

Había ya quinientos o seiscientos reunidos al pie del arrecife y el número iba en constante aumento.

—Eso es una marea —dijo Juan Baret.


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