En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Juan Baret hizo descargar las dos espingardas, esperando poder lograr también abrirse paso.
En la otra parte de aquella oleada humana que intentaban atravesar, oyó gritos de alegría y disparos que se alejaban en dirección al poblado, y luego alaridos de triunfo.
—Están salvados, y nosotros perdidos —murmuró—. Vendamos caro el pellejo.
Se puso a la cabeza de un grupo y atacó con ímpetu al enemigo, que aumentaba a cada momento.
¡Vanos esfuerzos! Aquella pared humana no cedía, antes se estrechaba cada vez más. Las lanzas y los golpes de maza llovían de todas partes y los hombres caían uno en pos de otro.
Un candiano, de un culatazo, aturdió al pobre francés, que cayó desvanecido.
Sus esfuerzos habían resultado inútiles.
Mientras duraba la lucha, y se defendía como un titán tratando de arrollar a sus enemigos, pensaba en la suerte que podían haber corrido sus compañeros.
Generoso como nadie, se olvidaba del propio peligro, para acordarse únicamente de Amali y Maduri.
—¿Qué sería de ellos si eran hechos prisioneros y conducidos ante el maharajá?
Él ya sabía lo que le aguardaba.