En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas El crucero, viendo que no lograba dar alcance a «Bangalore», continuaba disparando con sus cañones más gruesos y siempre con resultado negativo, porque la distancia aumentaba cada vez más.
Sólo alguna bala, lanzada por el cañón de proa, que debía tener un alcance superior a los demás, caía cerca del barco, levantando un enorme surtido de agua, pero caía muerta y en caso de tocar en la madera poco daño habría podido cansar.
—¡Ah! —exclamó Amali—; si yo dispusiese de artillería gruesa, no huiría así de vosotros y os demostraría que el rey de los pescadores de perlas también sabe batirse. No importa; vuestra pérdida será igualmente segura.
Tenía fijas las miradas en el mar, donde las olas continuaban, estrellándose, levantándose a gran altura y mugiendo sordamente.
Hubiérase dicho que buscaba entre la espuma un paso de él sólo conocido.
Deseando tener cercanos a los ingleses para que no advirtiesen a tiempo el engaño, comenzó a dar bordadas, ora a levante, ora a poniente, como si se mostrase irresoluto sobre el camino que emprendería.