En las montanas de Africa
En las montanas de Africa La persecución del audaz camellero de Hassi-el-Blac duró todo el dÃa, con breves interrupciones, puesto que, como ya hemos dicho, los caballos no poseÃan la resistencia de los maharis. Aru aprovechóse de aquellos intervalos de tregua, cada vez más frecuentes, para conceder un poco de reposo a su incomparable animal. Siete veces, durante las diez o doce horas en que era perseguido, pasó felizmente ante los soldados, sin que las balas le hirieran. Algunas horas antes de la puesta del sol, cinco espahis quedaron sin caballos. Los pobres animales, extenuados por el calor y el continuo trotar, habÃan caido junto con sus jinetes, para no levantarse más. Asà que hubo desaparecido el astro diurno, los refugiados en el barranco oyeron algunos disparos en lontananza; luego vieron delinearse en el horizonte, apenas iluminado por los últimos reflejos del crepúsculo, la gigantesca sombra del mahari. Estaba solo; los espahis hablan desaparecido. Hassi y el conde, llenos de alegrÃa, por el buen éxito de aquella larga y veloz carrera, conducida con extraordinaria habilidad por el viejo camellero, apresuráronse a cargar los maharis y a llevarlos de nuevo fuera del barranco. La marcha hacia el gran sur argelino era ya posible, puesto que durante el dÃa las aguas se habÃan retirado o habÃan sido absorbidas por el suelo ardiente y arenoso. Aru detúvose al pie de la colina para evitar a su animal la fatigosa pendiente. Enrique fué el primero que salió a su encuentro, llevándole una escudilla llena hasta los bordes de alcuzcuz y dos costillas de pantera, asadas.
