En las montanas de Africa
En las montanas de Africa Los dos espahis arrastraron a la fuerza al marabuto, que oponía tenaz resistencia, y pusieron su mano bajo el chorro de agua. El suplicio de la cal viva es uno de los más horribles que ha podido inventar la infernal fantasía de los verdugos argelinos y marroquíes. Muy pocos resisten una tortura semejante; si sobreviven, se quedan sin una mano. Este suplicio consiste, como ya hemos dicho, en colocar sobre la palma de la mano del paciente algunos pedazos de cal viva y en atar después el puño con fajas de gruesa tela. Mojada la cal, se hincha y destruye los tejidos carnosos, quemándolos por completo. Los dolores son tan espantosos, que a veces enloquecen al paciente. Y hay que observar que a semejante tortura se remete dos y tres veces a los condenados. Pasados algunos días, los dedos caen putrefactos, la gangrena se manifiesta y los desgraciados mueren después de larga y atroz agonía. Muley-Hari, decidido a dejarse matar antes que hacer traición al amigo lanzó un grito terrible. La cal había empezado su obra destructora y se dilataba dentro del puño fuertemente cerrado, rompiendo las falanges de los dedos y quemando la piel y la carne. Bassot asistía impasible al feroz suplicio. Los espahis, acostumbrados a los horrores del bled, no revelaban la menor emoción en su semblante, y oían con indiferencia los desgarradores alaridos que, de cuando en cuando, lanzaba el infeliz marabuto. Transcurrieron algunos minutos, después de los cuales, advirtiendo Bassot que el moro no resistirla por más tiempo al suplicio, le preguntó: