En las montanas de Africa
En las montanas de Africa CAPÍTULO XIV
Rendidos de fatiga, Hasi-el-Biac, el conde y sus compañeros, acabaron por dormirse, confiados en la astucia y estrecha amistad que les unía con el moro. El primero en despertarse fue el toscano, después de seis o siete horas de profundo sueño. Por hallarse el sepulcro perfectamente cerrado, no habia oído los dos tiros de pistola de Bassot; por lo tanto, no podía sospechar en lo más mínimo el terrible drama que se desarrolló en la cuba. La lámpara amenazaba apagarse; no habían dejado encendida más que una, para fortuna de ellos, y aún resplandecía bastante para iluminar el sepulcro, o mejor el depósito de armas.
Hassi-el-Biac roncaba beatíficamente sobre una vieja manta, teniendo entre sus manos bien apretadas un par de pistolas de das cañones; el conde reposaba en otra manta al lado de Afza, de quien tenía cogidas las manos. Aru, por el contrario, dormía enroscado sobre sí mismo, corno un gato, en un barril de pólvora.
—¡Qué hermoso cuadro! --exclamó el toscano, prorrumpiendo en una carcajada—. Si estuviese aquí mi amigo Merletti, haría una fotografía estupenda. ¡Pero qué estúpido soy! Acaso a estas horas esté muerto o se habrá convertido en un aventurero, un náufrago de la vida corno yo. Seria preferible pensar en la cena y demandar noticias del marabuto.
