En las montanas de Africa

En las montanas de Africa

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—Corres como una locomotora. Ten paciencia. Y cogiendo la botellita de coñac, separó a la fuerza los dientes del conde, que estaban convulsivamente encajados, y le echó en la garganta algunas gotas del fuerte licor. Un sonoro estornudo fué la respuesta. El conde, galvanizado por aquel sorbo de coñac, habia abierto los ojos, mirando fijamente al sargento. 

—¡Vos, Ribot! — exclamó. 

—¿Os sorprende, conde, hallarme aqui? 

—¿Habéis venido para prendernos? 

—No os hubiera ayudado a huir. Pero dejémonos de explicaciones y decidme cómo estáis. 

—Siento la cabeza muy pesada. 

—iYa lo creo! La tenéis rota. 

—Alguna piedra me habrá caldo encima. 

—Indudablemente, conde. 

—¿Y Afza...? ¿Y Hassi...? 

—Míralos. Ahora vienen. 

En efecto; la joven avanzaba hacia ellos, del brazo de su padre, pues, Enrique la habia participado ya el estado en que se encontraba su esposo

—¡Ah pobre dueño mio! —exclamó, arrodillándose cerca de él y estrechándole tiernamente contra su seno.


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