En las montanas de Africa
En las montanas de Africa CAPÍTULO XXI
Ribot, el bravo sargento que arriesgó veinte veces su pellejo para favorecer la fuga de sus camaradas extranjeros a quienes Francia abandonaba en los bleds, no había perdido tiempo. Resuelto a auxiliar al conde húngaro, por quien sentía viva amistad, y a su mujer, apenas dejó la cuba se puso a seguir las huellas de Bassot. Galopó durante dos días y dos noches y al anochecer del tercero topó inesperadamente con ellos.
—¿Tu, Ribot? — exclamó Bassot al ver al sargento —. ¿Qué viento te trae por acá?
—El viento del oled.
Bassot hizo una mueca de desagrado y luego, mirando con fijeza a su camarada, le preguntó:
—¿Vienes acaso a espiarme?
—¿Qué? —replicó Ribot, tomando una actitud amenazadora.
—Que tu presencia no era necesaria aquí.
—Maldito si viniera si no me hubiesen enviado. En los bleds no se está bien, pero siempre se está mejor que aquí.
—¿Qué quiere ese subteniente imbécil que ha perdido los sesos por esa mora que le regaló tan magnífica puñalada?
—Te repito que he venido obligado.
