En las montanas de Africa
En las montanas de Africa CAPÍTULO III
—¿En qué piensas, conde? ¿En Afza? ¡En la mujer que ha sido fatal a dos hombres: a un magnate húngaro legionario y a un subteniente canalla cuyo corazón fuera conquistado por los ardientes ojos de la hermosa árabe! ¡Que el diablo se lleve a todas las mujeres de este mundo!
Miguel Cernazé de los condes de Sawa levantó entonces la cabeza y contemplando a su compañero Enrique el Toscano, exclamo con ronco acento:
—¿Afza, has dicho?
—¿Por ventura es posible que las mujeres de Africa hagan enloquecer a los soberbios europeos, blanquísimos cuando no son enviados, al Med?
—Bromeas demasiado, Enrique.
—¡Yo! ¡Acaso no bromean los abogados...!
—¿Eres quizá abogado?
—Sin pleitos, sin clientes y sin título respondió el toscano, sonriendo amargamente—. Mi padre, bravo lobo de mar a quien todos los marinos de Livorno admiraban, quiso hacer de mi un pez de agua salada, pero no contó con mi voluntad, Al morir me dejó un brik que yo jamás supe gobernar, puesto que llevaba en Bolonia la vida más crapulosa y no conseguía aprender los artículos del código.
