En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —No te apures, ya morirás en Argelia—dijo el toscano, sin perder un átomo de su buen humor —. Desobediencia a un superior, una nariz aplastada y quizá una costilla rota, ¿quién sabe cuántas cosas escribirá en su informe el bruto del subteniente... Me parece que basta y sobra para que nos fusilen. ¡Bah! agregó poco después, encogiéndose de hombros —. Caer aquÃ, ante las cabilas o sobre las orillas del Senegal, luchando contra negros asquerosos, es lo mismo. De todos modos, preferirÃa ir a casa del señor Belcebú con la satisfacción de haber atravesado la piel a algunas docenas de árabes o senegaleses.
—No has muerto todavÃa —dijo el húngaro, que parecÃa obsesionado por un pensamiento interior.
—¿Qué quieres decir con esto, conde? — preguntó el toscano, levantándose de repente del suelo que le servÃa de lecho y haciendo resonar la cadena que le aprisionaba.
—Quiero decir que durante los veinte o veintidós dÃas que tardarán en venir el capitán y sus oficiales, pueden ocurrir un sinnúmero de cosas.
—Oyéndote hablar, diriase que tienes alguna esperanza de que no te fusilen.
—Es natural que la tenga.