En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —Adiós, señor conde; nosotros no nos volveremos a ver.
—Tú abrigas perversas ideas, Steiner —repuso el magnate, conmovido a su pesar de la gran desesperación que se reflejaba en el rostro de su compatriota—. Antes que hacer un disparate, deserta, y no olvides que nadie tiene derecho sobre su vida. Te lo dice un noble de tu paÃs, un hijo del Danubio.
El coloso sacudió enérgicamente la cabeza.
—Ya os lo he dicho, señor conde—dijo, estallando én un sordo sollozo —; no veré más la verdegueante putsa ni el hermoso rÃo que la atraviesa. Para mi ha muerto HungrÃa. Los re-mordimientos me matan. ¿Cómo podrÃa tener el valor de presentarme ante mi madre, yo, el verdugo del bled? ¡Yo que he atormentado a tantos desgraciados y que a fuerza de golpes los he hecho morir lentamente! En la muerte hallaré el olvido. Adiós, señor conde; si un dÃa volvéis a nuestro paÃs, acordaos de que en las orillas del gran rÃo vive una pobre mujer llamada Maritza Steiner. Decidla que su hijo ha muerto en Argelia combatiendo heroicamente contra las cabilas; que ha muerto como un valiente en el campo del honor.
Y terminadas estas palabras, dirigióse hacia la puerta, baja la cabeza, contraÃdos los músculos y en extremo conmovido.
El conde le llamó: