En las montanas de Africa
En las montanas de Africa Guiábales un legionario de unos treinta años de edad, de ojos negrÃsimos y lucientes como carbunclos, barba espesa y amplia frente surcada de precoces arrugas. Sus formas, en extremo vigorosas, revelaban una fuerza sobrehumana. HabÃan ya dado aquellos desgraciados tres vueltas completas bajo la implacable lluvia de fuego y el cegador reflejo de las blancas paredes del edificio, cuando el sargento, fijando perversa mirada sobre el legionario de frente, gritó:
—Al galope el número uno.
Pero en lugar de obedecer, el hombre levantó fieramente la cabeza y se separó de sus compañeros, dando un salto de tigre.
—¿Qué haces, maldito húngaro? — exclamó el sargento, mientras se adelantaba hacia él con los puños cerrados.
El legionario le esperó frÃamente y con ronca voz en que se traducÃa una furiosa cólera a duras penas reprimida, dijo:
—Me faltan fuerzas, pero quién sabe lo que hubiera ocurrido á no haber sido vos, Ribot.
—¡Cómo! ¿Te faltan fuerzas a ti que posees músculos capaces de atemorizar a tu compatriota Steiner?
—Si— afirmó el húngaro.
