En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —¡Ah, miserable subteniente! —gritó, con voz que parecÃa un trueno—. Me ha enviado aquà para que os matase a golpes; pero aún no conoce a Steiner. Habiase recogido sobre si mismo, a fin de reunir mejor en un supremo Ãmpetu sus fuerzas gigantescas. Aquella masa de carne lanzóse como una catapulta contra la puerta, haciendo saltar, con horroroso ruido, cerraduras y goznes. La construcción entera pareció oscilar. Los centinelas del exterior, asustados, comenzaron a gritar:
—¡A las armas!
—En la enfermerÃa chillaban los enfermos como endemoniados.
—¡Socorro! ¡La casa se viene abajo!
Unicamente el toscano reia a grandes carcajadas. En el corredor que comunicaba con los dormitorios de los suboficiales y vigilantes, oyéronse, por algunos momentos, gritos, blasfemias y ruido de mochilas que se caen. Después siguió un instante de silencio; luego resonó un disparo. Steiner habÃa mantenido su palabra, disparándose un tiro en el pecho.