En las montanas de Africa

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CAPÍTULO IV

EL RAYO DEL ATLAS

Hablan transcurrido pocos minutos desde el tiro de fusil que impresionó hondamente, si no al tascano al conde, cuando apareció un hombre ante la puerta desvencijada por el húngaro. 

Era el sargento Ribot. 

—Esta es una noche de infierno— dijo al entrar. Hombres que se matan, terremotos, a las armas... y puertas abiertas en los calabozos de castigo... 

El magiar habiase levantado. 

—¡Ah! ¡Sois vos, Ribot! —exclamó—. Os esperaba. 

—Y yo, conde no veía el momento de veros, pues tenía miedo de que el canalla de Steiner os rompiese las costillas. El subteniente había prometido una botella de coñac a cambio de tal salvajada. 

—Por ahora el que ha sufrido algún deterioro en su piel es Steiner, ¿verdad? 

—Si, camarada. Se ha disparado un tiro en el pecho y es muy difícil que sobreviva a la herida. 

—Pobre hombre—dijo Miguel Cernazé —. Antes de salir de aquí había ya jurado matarse. Por otra parte, ha hecho bien quitándose la vida, puesto que deshonraba, quizá sin culpa alguna, a la nación magiar. ¿Ha muerto? 


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