En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —Antes que un compañero me sustituya, pediré un último esfuerzo a mis músculos. Mucho mejor seria, sargento, que nos enviaran a hacernos matar por beduinos o tuaregs del desierto, en lugar de vernos sometidos a estos bárbaros tratamientos. En fin, hemos derramado nuestra sangre por una nación que no ea nuestra patria.
Y dicho esto, inclinó la poderosa cabeza, apretó los puños contra el pecho y se lanzó en desenfrenada carrera, mientras el pelotón emprendÃa de nuevo su marcha alrededor de la amplia plaza del bled.
—iPobre conde! —murmuré el sargento, con voz conmovida, siguiendo con los ojos al legionario, que corrÃa como una gacela perseguida por galgos—. ¡Qué resistencia tienen estos magiares!
El húngaro terminó su vuelta y se incorporó a la cola del pelotón, mientras el sargento mandaba correr al número dos, un joven pálido, delgado como un faquir indio, y roÃdo al parecer por las fiebres qué atormentan a los que viven en climas ardientes. La endiablada carrera continuaba, dificultada por el calor que sin cesar crecia, y por la polvareda, cada vez más espesa, que levantaban los pies de aquellos cuarenta desgraciados. De cuando en cuando, el sargento, a fin de romper la monotonÃa del espectáculo, detenÃa bruscamente el pelotón y gritaba algunas órdenes:
—¡Rodilla en tierra! ¡Apunten! ¡A la carga!
