En las montanas de Africa

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CAPÍTULO V

SANGRE ARABE

Afza era tenida por todos los árabes y beduinos de los aduares del Sur por la más bella y, al mismo tiempo, la más rica muchacha mora de la baja Argelia, porque reunía en sí todo aquello que hubiera deseado un poeta morisco: cara alabastrina, ojos grandes de un negro intenso y de pupila profunda, velados por anchas cejas y larguísimas pestañas, un cuerpecito de sílfide, de curvas suaves y gráciles, y una boquita redonda como un anillo, según la expresión de los poetas árabes. Era alta y esbelta, como una palmera del desierto; sus manos y sus pies eran pequeñisimos, y los brazos, que salían desnudos de la blanca y sutilísima túnica de verano de mangas muy cortas, soberbiamente torneados. 

—¿Qué miras, padre? —dijo, mientras recogía sus largos cabellos negros dentro de un gran anillo de oro del cual pendían dos hileras de cequies. 

—Hassi-el-Biac se estremeció; después, volviéndose hacia su hija, le dijo: 

—Seguia con la mirada una gacela que huía entre las malezas perseguida por dos chacales. 

—¡Ahl ¿ hablaba contigo la tal gacela hace poco?—preguntó Afza, mostrando sus dientecillos pequeños como granitos de maíz y brillantes como perlas. 

Hassi-el-Biac comprendió en seguida que seria inútil continuar fingiendo. 


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