Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Asà lo hicieron, poniéndose a observar curiosamente lo que iba a ocurrir. No habÃan transcurrido cinco minutos, cuando ya siete u ocho saurios, atraÃdos por el olor de la carne fresca, se dirigÃan al canal sin separar sus ojos del cadáver del oso, que parecÃa un ahorcado sobre el agua. Al principio contentáronse con mirarlo mucho, sospechando quizá algún lazo; mas en breve la gula fue más poderosa que el miedo y se acercaron internándose en el bajo fondo del canal y abriendo sus enormes mandÃbulas.
—La presa les seduce. ¿Has comprendido mi astucia, Than-Kiu?
—SÃ; los cocodrilos impedirán a los piratas el paso del canal.
—Eso es; y como la presa está muy alta para ellos, tardarán mucho tiempo antes de que sus cerebros obtusos comprendan que con un par de coletazos derribarÃan las cañas.
—¿Y los piratas?… ¿Dormirán?
—Paréceme —dijo el malayo—, que se preparan a fusilarnos. Si llegan un poco antes de nuestra expedición al canal, no darÃa una pizca de betel por nuestra piel.
—¡Calla! —exclamó Hong.
Una voz se alzó desde la ribera opuesta, entre los cañaverales de la lengua de tierra.
—¡Escuchadme, chinos! —dijo.